La muerte de Rocío Jurado, el 1 de junio de 2006, puso sobre la mesa uno de los grandes interrogantes en torno a su familia: cómo había repartido la cantante su importante patrimonio. «La más grande» había acudido al notario en secreto meses antes de fallecer para dejar por escrito sus últimas voluntades. Y entre sus decisiones destacó especialmente una: nombrar a Rocío Carrasco heredera universal.
La herencia de Rocío Jurado

Rocío Jurado llevaba años construyendo un patrimonio considerable gracias a una carrera profesional marcada por el éxito. Desde sus comienzos en el mundo de la canción hasta sus últimos trabajos, la artista consiguió reunir numerosos inmuebles, derechos sobre su obra, propiedades, joyas y otros bienes. Por eso, cuando se abrió su testamento, todas las miradas se dirigieron hacia la manera en la que había decidido repartir su fortuna entre sus tres hijos.
El testamento había sido firmado en septiembre de 2004, el mismo día en el que Rocío Jurado comunicó públicamente que padecía cáncer y que viajaría a Houston para recibir tratamiento. Lo hizo con absoluta discreción y acompañada de su abogada, Ana Iglesias, sin informar previamente a buena parte de sus familiares.
La artista quería evitar problemas después de su muerte y dejó perfectamente establecido el destino de sus bienes. Cuando falleció, sus familiares se reunieron en su casa de La Moraleja para conocer unas últimas voluntades que, hasta entonces, habían permanecido en absoluto secreto.
La legislación española establece que una herencia debe dividirse en diferentes partes. En el caso de Rocío Jurado, el tercio de legítima estricta correspondía a sus tres hijos, mientras que el tercio de mejora fue utilizado por la cantante para favorecer especialmente a su primogénita.
La gran sorpresa llegó con el nombramiento de Rocío Carrasco como heredera universal. La hija que Rocío Jurado tuvo durante su matrimonio con el boxeador Pedro Carrasco recibió una posición privilegiada dentro del reparto de la herencia, aunque sus hermanos Gloria Camila y José Fernando también recibieron su correspondiente parte.
Entre los bienes que pasaron a manos de Rocío Carrasco se encontraban los derechos de explotación del legado artístico de su madre. Esto incluía los ingresos derivados de una extensa discografía y de los trabajos cinematográficos realizados por la cantante a lo largo de su carrera.
Uno de los elementos más importantes del patrimonio era también Villa Jurado, la espectacular vivienda familiar situada en La Moraleja. La propiedad estaba valorada entonces en aproximadamente cuatro millones de euros y había sido adquirida originalmente por Rocío Jurado y Pedro Carrasco durante su matrimonio.
Tras su separación, la cantante compró la parte correspondiente a su antiguo marido, de manera que terminó convirtiéndose en la principal propietaria del inmueble. En el reparto posterior, Rocío Carrasco recibió un tercio de la vivienda, mientras que los otros dos tercios correspondieron a Gloria Camila y José Fernando.
Sin embargo, Rocío Jurado dejó una condición muy concreta respecto a la vivienda. Villa Jurado debía venderse en un plazo máximo de dos años, una decisión que buscaba evitar que sus tres hijos acabaran compartiendo indefinidamente la propiedad.
El dinero obtenido con aquella venta debía repartirse entre los tres hermanos, con el objetivo de garantizar las legítimas correspondientes. La gestión de la operación quedaba además bajo la supervisión de Ana Iglesias, persona de máxima confianza de la cantante y encargada de ejecutar determinadas disposiciones de sus últimas voluntades.
Rocío Carrasco, la heredera universal

La estrategia tenía un motivo claro. Rocío Jurado consideraba que Rocío Carrasco podía encontrarse en una situación más vulnerable en el futuro, mientras que Gloria Camila y José Fernando tendrían el respaldo económico de José Ortega Cano. Por eso quiso establecer determinadas diferencias en el reparto de sus bienes.
Pero la herencia de Rocío Carrasco no se limitó a Villa Jurado y a los derechos sobre la obra de su madre. La primogénita también recibió un apartamento en Miami, así como la mitad de otro inmueble que Rocío Jurado compartía con José Ortega Cano.
A todo ello se sumaron joyas, pieles y diferentes objetos personales de la artista, además de la finca conocida como «El Administrador», una extensa propiedad de aproximadamente 400.000 metros cuadrados que contaba incluso con viñedo y bodega.
La magnitud de todos estos bienes explica por qué el testamento de Rocío Jurado se convirtió en uno de los documentos más comentados tras su fallecimiento. La cantante había dedicado décadas a construir un patrimonio que finalmente quedó distribuido entre sus hijos, su marido y otros familiares, siguiendo unas instrucciones cuidadosamente estudiadas.
En el caso de José Ortega Cano, Rocío Jurado también dejó establecidas determinadas disposiciones. El matrimonio había optado por el régimen de separación de bienes, y la cantante decidió legarle su parte de la ganadería de reses bravas que compartían. En aquel momento, la explotación contaba con alrededor de 800 cabezas de ganado.
Además, el torero tenía determinados derechos usufructuarios establecidos por la legislación y por las disposiciones testamentarias. Esto le permitía disfrutar de determinados bienes aunque la titularidad correspondiera a los herederos.
Con todo, la decisión que más llamó la atención fue la de convertir a Rocío Carrasco en heredera universal. La cantante quiso proteger especialmente a su hija mayor y, al mismo tiempo, garantizar que sus otros dos hijos recibieran aquello que legalmente les correspondía.
Han pasado ya dos décadas desde la muerte de Rocío Jurado y su herencia continúa siendo uno de los capítulos más relevantes de la historia de la familia. Un patrimonio construido durante décadas de éxito que terminó generando numerosas conversaciones y que ayuda a entender algunas de las diferencias que, con el paso de los años, han marcado la relación entre los miembros del clan.
La cantante quiso dejarlo todo atado antes de marcharse. «El día de mañana no hubiera problemas», era precisamente el objetivo que perseguía cuando acudió al notario en secreto. Sin embargo, pese a sus precauciones, el reparto de su patrimonio acabaría convirtiéndose en uno de los grandes asuntos que han rodeado a su familia desde su fallecimiento.






















