Jordi Cruz, de estrella de ‘Art Attack’ a CEO: su nueva vida lejos de la televisión

El presentador recuerda en 'El Mundo' el viaje a Nueva York que le marcó a los catorce años y confiesa que la popularidad llegó a pesar demasiado. Hoy dirige su propio proyecto empresarial en Madrid y asegura que nunca ha estado tan cerca de ser él mismo.

Jordi Cruz, el presentador de ‘Art Attack’, llevaba desde los catorce años soñando con su propio plató y ya lo tiene.

La confesión la hace en la entrevista que Charo Lagares firma este lunes en El Mundo, donde el comunicador explica que el flechazo llegó en un viaje a Nueva York con su padre: tenía catorce años y descubrió que el plató de la MTV daba directamente a Times Square. ‘Eso quería yo’, recuerda. El suyo, décadas después, da a la calle Montera, en Madrid.

Del plató de la MTV al de la calle Montera

Aquello no era un capricho de adolescente. Jordi Cruz lleva tiempo dando forma a un proyecto empresarial propio en el que ejerce de CEO, un cargo que, admite, responde a un sueño que le rondaba la cabeza desde hace décadas. Y con una idea fija sobre cómo debe hacerse: ‘para que el público se enamore de lo que ve hay que ser natural‘.

La sentencia que resume su método no es suya: se la dio su psicóloga y él la repite como un mantra, ‘lo humano es la nueva innovación’. Tela marinera con la frasecita, pero funciona.

Antes de todo esto estuvo ‘Art Attack’, el programa de manualidades que convirtió las tardes de una generación en un taller de plastilina y cola blanca. Ese formato le dio el cariño del público. Y también, aunque suene raro, algún que otro disgusto.

Cuando la ola de cariño te pasa por encima

Porque hay una parte de la historia que no sale en los homenajes. ‘La nostalgia es maravillosa, pero la ola de cariño me pasó por encima‘, confiesa. ‘Me dejó descolocado’. Y lanza la pregunta que muchos rostros televisivos no se atreven ni a formular: ‘¿Tenía que ser el bueno? ¿Tenía que ser la infancia de España?’.

La fama le regaló un sitio en la memoria de todos y, de paso, le cobró la factura de tener que ser siempre el que otros recordaban.

El presentador reconoce que hubo un momento en el que la imagen que los demás tenían de él pesó demasiado. ‘Cuando tantas personas te dicen que eres un referente, puedes cambiar tu forma de ser o intentar satisfacer a toda esa gente con tu energía. Te cargas de una responsabilidad que no te pertenece‘.

No fue solo una cuestión de identidad. Hace dos años atravesaba una etapa de vértigos y ataques de ansiedad que él mismo describe sin paños calientes: ‘antes no podía salir de casa por el pánico que me daba todo‘. Hoy se levanta a las cinco de la mañana, desayuna, pasa un rato con sus perros y se marcha a trabajar rodeado de veinte personas.

En TikTok, donde la mayoría de los que le siguen sabe a qué ha venido, comparte trucos caseros: una pistola de agua fabricada en casa, un asa de plástico para cargar con las bolsas de la compra. La esencia es la misma de siempre, solo que en vertical.

A eso se suma ‘Recuérdate’, el pódcast que puso en marcha junto a Guillermo Martínez, su compañero en ‘Art Attack’, para revisitar los ochenta y los noventa, y Livo, el canal de streaming que presentó en octubre de 2025. También pasó por Top Gamers Academy.

El hombre que no mide su carrera en espectadores

Hay un gesto que define esta etapa mejor que cualquier titular: Jordi Cruz no ha renegado de ‘Art Attack’, pero tampoco ha aceptado vivir dentro de él. ‘Yo no mido mi carrera en número de espectadores, sino como experiencias laborales’, asegura. Suena a frase de manual hasta que uno recuerda quién la pronuncia: alguien que fue la cara de la infancia de medio país y que ahora se levanta a las cinco para sacar adelante su propio negocio.

La televisión española está llena de rostros que se quedaron a vivir en su propio clip de archivo, recitando el mismo papel en cada homenaje y en cada programa de zapping. El movimiento de este presentador va en la dirección contraria: en lugar de explotar la nostalgia sin freno, la ha convertido en materia prima de un pódcast y ha reservado el resto de su energía para una estructura empresarial que todavía tiene que demostrar que aguanta. Ahí está el riesgo real.

Lo interesante no es que un presentador de los noventa haya acabado de CEO. Lo interesante es que lo cuente sin edulcorar el peaje: los vértigos, el pánico, la sensación de deber algo a gente que solo le conocía por la tele. Si el proyecto funciona, tendrá una segunda vida profesional. Si no, al menos ya no tendrá que ser el bueno para nadie.

El Termómetro de Cotilleo

  • 🌡️ Nivel de drama: 4/10. Salseo justito, pero la confesión sobre la ansiedad le pone un nudo interesante al relato.
  • 🏆 Quién gana, quién pierde: Gana Jordi Cruz, que se quita la etiqueta de una vez; pierde la nostalgia, que se queda sin su rehén favorito.
  • 🔮 ¿Habrá réplica o exclusiva pronto?: Si el invento funciona, en primavera hay reportaje en plató propio. Y entonces volvemos a hablar.