Matrimonios exprés del mundo del corazón español: cuando el amor duró menos que los preparativos

Hay bodas que se recuerdan más por el despliegue que por la convivencia que llegó después. Esta lista reúne seis enlaces de la crónica social española que compartieron portada, invitados y una vida en común bastante más corta que la expectación levantada: desde el «sí, quiero» de Isabel Pantoja y Paquirri en la Basílica del Gran Poder sevillana el 30 de abril de 1983, que apenas pasó del año, hasta el de Raquel Mosquera y Pedro Carrasco en Alosno (Huelva) el 31 de agosto de 1996, con misa rociera incluida.

El criterio de selección no es el nivel de fama ni el dramatismo del desenlace, sino la desproporción entre la pompa del enlace y la duración real del matrimonio. Varias de estas bodas se precipitaron por un embarazo, como las de Mar Flores y Carlo Costanzia (22 de mayo de 1992) y Rocío Carrasco y Antonio David Flores (31 de marzo de 1996, en la finca Yerbabuena, con unas 800 personas invitadas y 150 periodistas acreditados). Otras se rodearon de la parafernalia aristocrática y del papel cuché, como la de Isabel Preysler y Carlos Falcó en 1980.

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Isabel Pantoja y Paquirri: un ‘sí, quiero’ que duró poco más de un año

El 30 de abril de 1983, la Basílica de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, en Sevilla, se quedó pequeña para el enlace entre Isabel Pantoja y Francisco Rivera ‘Paquirri’. Fue una boda de época: unos 1.200 invitados, un vestido con siete metros de cola y un convite en el claustro renacentista de San Jerónimo que costó cuatro millones de las antiguas pesetas. Él pasaba por el altar por segunda vez, después de su matrimonio con Carmina Ordóñez; ella era la tonadillera emergente que se disputaba el cetro de la canción española con Rocío Jurado. La expectación fue tal que los curiosos se arremolinaron a las puertas del templo para ver pasar el cortejo, y la pareja se instaló en el imaginario colectivo como el tándem perfecto del torero y la cantora en una España que acababa de estrenar gobierno socialista.

La historia posterior explica que aquel despliegue apenas tuvo recorrido. Entre el ‘sí, quiero’ y la muerte del diestro en la plaza de Pozoblanco, el 26 de septiembre de 1984, transcurrieron diecisiete meses. En ese intervalo nació el único hijo de la pareja, Kiko Rivera, en febrero de 1984, y se gestó el mito de la «viuda de España», con la cantante recluida en la finca de Cantora. La versión idílica que ella ha defendido durante décadas convive con otros relatos: Bárbara Rey contó en televisión en 2018 que el torero le confesó sentirse infeliz por la convivencia con la familia de ella en Cantora y por el ritmo de gasto, y su hermana Teresa Rivera ha reiterado en entrevistas recientes que tenía decidido separarse. Fuera cual fuera la verdad, Pantoja no volvió a casarse.

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