Las manías más surrealistas que las estrellas españolas exigen en su camerino

El *rider* de un concierto es, antes que nada, un documento de trabajo: la lista que el equipo del artista envía al promotor y al recinto con lo que debe encontrar al llegar al camerino. Ahí conviven exigencias técnicas, comida, temperatura, seguridad y manías difíciles de explicar. Esta selección reúne las peticiones más llamativas de artistas españoles y el criterio es restrictivo: solo entran las que han trascendido por documentos de producción, ayuntamientos, empresarios o promotores, no las leyendas de pasillo.

El patrón que aparece no es el del lujo ostentoso. Casi nadie reclama cisnes de hielo ni velas de jazmín: aparecen agua alcalina, cero plástico, flores blancas, un espejo grande, dos camerinos separados, silencio absoluto antes de salir, toallas blancas, fruta pelada, té con miel, un humidificador o un altavoz para calentar la voz. Muchas de esas manías responden a una lógica profesional —cuidar la garganta, controlar los tiempos, evitar imprevistos—, y justo por eso resultan más reveladoras que el champán de marca.

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Raphael no comparte camerino y pide silencio absoluto antes de salir

En el rider de Raphael hay una partida que no se negocia: el camerino. Y no uno, sino dos. El cantante exige una estancia solo para él y otra para su banda, separadas, como detalló el empresario Antonio Cevallos al anunciar sus conciertos en Quito y Guayaquil. Lo que pide dentro es, en cambio, casi monacal: diez botellas de agua mineral sin gas —la marca da igual—, dos latas de Coca-Cola Light, un frutero, chocolates variados, café descafeinado, vajilla que no sea de plástico ni desechable, conexión a internet, un espejo de cuerpo entero y ventiladores, porque no utiliza aire acondicionado. Ningún capricho caro, ninguna excentricidad de estrella de rock. La rareza está en otra parte: en el uso que hace de ese espacio aislado y en el mutismo que impone a su alrededor.

Porque lo que convierte el asunto en manía de divo es lo que ocurre dentro de ese camerino blindado. Raphael se somete a un silencio absoluto en las horas previas al concierto —seis, según se ha publicado— y lo extiende a buena parte del día: procura no hablar nada más que cuando hay cámaras, se comunica por mensajes para no castigar la garganta y resume su método en una frase que ya es suya: habla poco y canta mucho. El ritual incluye llegar antes que nadie —es famosamente puntual, siempre con al menos media hora de margen—, subir al escenario para pisar las tablas y decidir por dónde atacar la noche, sentarse a ver con qué cuenta y tomar un poco de chocolate justo antes de salir, que le da energía. En la gala de Nochebuena de 2022 lo explicó a su manera: lo mejor de la música son los silencios, también el silencio antes de salir al escenario.