Marta Ortega se levanta a las 6:45, entrena y desayuna con sus tres hijos antes de ir a Arteixo.
A sus 42 años y al frente de la presidencia no ejecutiva de Inditex, la primera cita del día es con el gimnasio. Lo contaba ella misma en una entrevista reciente, sin épica y con esa naturalidad que gasta quien lleva toda la vida siendo observada: ‘Hago una tabla normal y algo de Pilates, nada del otro mundo’.
Después del entrenamiento llega el momento que de verdad defiende: el desayuno con los hijos y el trayecto al colegio. Solo entonces pone rumbo a las instalaciones de Inditex en Arteixo, la sede del grupo, donde arranca la jornada como presidenta de uno de los mayores gigantes de la moda del planeta.
Vive en A Coruña con su marido, Carlos Torretta, y sus tres hijos, y no esconde que ese detalle pesa más que cualquier organigrama: trabajar cerca de los suyos es un privilegio enorme, viene a decir, porque no solo tiene a los niños al lado, también a sus padres y al resto de una familia que ayuda una barbaridad.
La hípica que aparcó, y por qué no del todo
Hubo un tiempo en el que los fines de semana de Marta Ortega eran de salto de obstáculos. Empezó a montar con diez años, compitió y mantuvo la disciplina durante sus primeros años de vida laboral. Ahora la rutina es otra, y el gimnasio de las 6:45 tiene bastante que ver.
El frenazo llegó con la maternidad y lo resume sin adornos: ‘Ahora tengo menos tiempo y más hijos’. Dejó de competir cuando nació su primera hija, consciente de que aquel nivel exigía entrenar todos los días y el calendario ya no daba para más.
La agenda de una presidenta se organiza igual que la de una madre con tres hijos: por prioridades, y el gimnasio va antes que el correo.
No desapareció del mapa, ni mucho menos. Gestiona una escuela de equitación y comparte caballos de competición, porque ‘me encanta no haber perdido el contacto con ese mundo’. Dice que la hípica le enseñó mucho de lo que hoy le sirve en lo profesional y en lo personal, y viendo su currículum cuesta discutírselo.
Por qué este relato de normalidad funciona tan bien
Hay un género periodístico que se repite cada cierto tiempo: la rutina de la poderosa. Casi siempre se cuenta igual, entre el madrugón y la familia. La diferencia aquí es que el discurso encaja con el producto. Marta Ortega lleva años defendiendo que Zara no es ropa para una élite, y esa idea se sostiene mejor desde una mesa de desayuno en A Coruña que desde cualquier informe anual.
Ahí está la frase que resume el relato: la clase social no tiene nada que ver con el estilo. No es una declaración nueva, pero sí coherente con alguien que a las siete menos cuarto ya ha hecho deporte y a media mañana está despachando en Arteixo. Se agradece que el personaje no venda épica de consejo de administración.
Y luego están los gustos, que dicen más de lo que parece. Lee a Ottessa Moshfegh, a Tatiana Țîbuleac, y le apasionan las librerías. Escucha a Bad Bunny y a Rosalía. Nada de eso es de ricos ni de pobres, y probablemente ahí esté el acierto de una estrategia que ya funciona sola. Más contexto sobre su trayectoria, en su ficha de Wikipedia.
Lo miraré con atención en los próximos movimientos de la marca: si el relato de cercanía se mantiene cuando llegue la próxima gran campaña, será porque de verdad hay convicción y no porque quede bonito en una entrevista de domingo.
El Termómetro de Cotilleo
- 🌡️ Nivel de drama: 4/10. Salseo de bajo voltaje: aquí nadie se traiciona, solo madruga.
- 🏆 Quién gana, quién pierde: Gana la imagen de marca de Zara, pierde el mito de que las presidentas desayunan caviar a las once.
- 🔮 ¿Habrá réplica o exclusiva pronto?: Toca portada amable de revista y, en unos meses, otra entrevista contando lo mismo con otro enfoque.







