España ha tenido estrellas capaces de llenar plazas de toros, tablaos y teatros durante décadas, de firmar contratos millonarios y de convertirse en fenómenos populares de masas. Varias de ellas amasaron patrimonios considerables y, años después, vieron cómo se deshacían: embargos, deudas con Hacienda, subastas de viviendas, malas inversiones o adicciones acabaron con lo que habían ganado. La lista reúne casos repartidos a lo largo del siglo XX, desde la copla y el flamenco hasta la canción melódica y el espectáculo de variedades.
El criterio no es el de las mayores fortunas, sino el de las idas y vueltas documentadas: artistas que llegaron a estar entre los mejor pagados de su oficio y que después atravesaron dificultades económicas serias. Hay quien se sentó en el banquillo por delito fiscal, como Lola Flores en 1987; quien murió dejando una deuda con Hacienda; y quien perdió sus casas o las vio subastadas. Miguel de Molina, que llegó a cobrar 5.000 pesetas por actuación durante la República, ilustra el caso extremo: éxito y exilio como precio.
5Bambino: el rey del flamenco que lo perdió todo en la ruleta y la heroína
Miguel Vargas Jiménez, Bambino (Utrera, 1940-1999), fue una de las mayores estrellas de la música popular española de los años sesenta y setenta. Debutó en el tablao madrileño El Duende y reinó después en Los Canasteros, de Manolo Caracol, Las Cuevas de Nerja y Torres Bermejas, con un estilo salvaje que fundía rumba, bulería, bolero y ranchera. Grabó más de 500 canciones —cerca de 175 editadas— y vendió cientos de miles de discos y, sobre todo, casetes, hasta el punto de que sus cintas eran de las más despachadas en las gasolineras. Paco de Lucía y Paco Cepero le pusieron la guitarra, y él introdujo a un jovencísimo Camarón de la Isla en los grandes tablaos. Hijo de una familia gitana humilde, llegó a manejar mucho dinero y a codearse con la farándula, la aristocracia y el ambiente canalla de la capital.
Aquel dinero, sin embargo, se le escurrió entre los dedos. Su vida estuvo marcada por los excesos —alcohol y drogas—, una turbulenta vida sexual y una generosidad sin freno: regalaba su abrigo a quien lo elogiaba e invitaba a todos hasta quedarse sin nada. Él mismo lo resumía con franqueza: «lo gasté todo, pero lo disfruté», y presumía de no haberse privado nunca de nada. En el documental Algo salvaje, quienes lo trataron recuerdan que podía pasar semanas actuando y que, al ir a cobrar, incluso debía dinero de todo lo que había invitado. El declive llegó con la Movida, el deterioro de su voz y su regreso a Utrera, donde vivió como un vecino más. Falleció el 5 de mayo de 1999, a los 59 años, víctima de un cáncer de garganta.







