España ha tenido estrellas capaces de llenar plazas de toros, tablaos y teatros durante décadas, de firmar contratos millonarios y de convertirse en fenómenos populares de masas. Varias de ellas amasaron patrimonios considerables y, años después, vieron cómo se deshacían: embargos, deudas con Hacienda, subastas de viviendas, malas inversiones o adicciones acabaron con lo que habían ganado. La lista reúne casos repartidos a lo largo del siglo XX, desde la copla y el flamenco hasta la canción melódica y el espectáculo de variedades.
El criterio no es el de las mayores fortunas, sino el de las idas y vueltas documentadas: artistas que llegaron a estar entre los mejor pagados de su oficio y que después atravesaron dificultades económicas serias. Hay quien se sentó en el banquillo por delito fiscal, como Lola Flores en 1987; quien murió dejando una deuda con Hacienda; y quien perdió sus casas o las vio subastadas. Miguel de Molina, que llegó a cobrar 5.000 pesetas por actuación durante la República, ilustra el caso extremo: éxito y exilio como precio.
6Miguel de Molina: la ruina como precio del exilio
Miguel Frías de Molina (Málaga, 1908-Buenos Aires, 1993), conocido como el «faraón de la copla», llegó a cobrar hasta 5.000 pesetas por actuación durante la República, cuando se convirtió en el primer gran intérprete masculino de un género hasta entonces reservado a las mujeres. Su apoyo activo a la causa republicana —cantó para las tropas y en conciertos benéficos del Socorro Rojo— y su homosexualidad abierta se transformaron, tras la victoria de Franco, en una condena económica. Un empresario le ofreció 500 pesetas por función, diez veces menos, y le obligó a aceptarlas bajo la amenaza de denunciar su pasado. Le prohibieron trabajar durante nueve meses, lo confinaron en Cáceres y Buñol y fue secuestrado y apaleado a la salida de una actuación en el Teatro Pavón de Madrid, una agresión de la que años después responsabilizó públicamente a Sancho Dávila y al conde de Mayalde. Seguir vivo exigía renunciar a su carrera.
El exilio, primero en Lisboa y desde 1942 en Buenos Aires, no detuvo la sangría. Allí volvió a triunfar y compró una casa que fue llenando de cuadros, joyas, antigüedades y marfil, hasta que una orden de la Embajada española, en tiempos del Gobierno militar de Pedro Pablo Ramírez, provocó su expulsión del país: pasó siete días en la cárcel y, al salir, le habían confiscado el dinero y todas sus pertenencias. En México, donde deslumbró de nuevo, el sindicato cinematográfico que presidían Jorge Negrete y Cantinflas le reventó espectáculos hasta obligarle a suspender la temporada. Regresó a Argentina de la mano de Eva Perón, que le prometió protección, y pudo rehacer parte de su vida, pero su autobiografía se tituló Botín de guerra. Murió en 1993 y su nicho estuvo a punto de acabar en un osario común por una deuda de apenas 20 euros.







