Estrellas españolas que amasaron fortunas y las vieron desvanecerse: historias de éxito, derroche y ruina

España ha tenido estrellas capaces de llenar plazas de toros, tablaos y teatros durante décadas, de firmar contratos millonarios y de convertirse en fenómenos populares de masas. Varias de ellas amasaron patrimonios considerables y, años después, vieron cómo se deshacían: embargos, deudas con Hacienda, subastas de viviendas, malas inversiones o adicciones acabaron con lo que habían ganado. La lista reúne casos repartidos a lo largo del siglo XX, desde la copla y el flamenco hasta la canción melódica y el espectáculo de variedades.

El criterio no es el de las mayores fortunas, sino el de las idas y vueltas documentadas: artistas que llegaron a estar entre los mejor pagados de su oficio y que después atravesaron dificultades económicas serias. Hay quien se sentó en el banquillo por delito fiscal, como Lola Flores en 1987; quien murió dejando una deuda con Hacienda; y quien perdió sus casas o las vio subastadas. Miguel de Molina, que llegó a cobrar 5.000 pesetas por actuación durante la República, ilustra el caso extremo: éxito y exilio como precio.

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Lola Flores: la fortuna de ‘La Faraona’ que se quedó en manos de Hacienda

Lola Flores —María Dolores Flores, nacida en Jerez en 1923 y fallecida en 1995— fue una de las primeras grandes estrellas españolas en sentarse en el banquillo por delito fiscal. En marzo de 1987 la Fiscalía de Madrid se querelló contra ella y su marido, Antonio González El Pescaílla, por no haber presentado la declaración de la Renta entre 1982 y 1985. Hacienda le reclamaba una cuota acumulada superior a los 52 millones de pesetas, que con sanciones e intereses de demora superaba los 100 millones. Para evitar la prisión se le impuso una fianza de 145 millones que no pudo depositar, y el fiscal llegó a pedir dos años y un mes de cárcel, una multa de 96 millones y una indemnización de más de 52 millones. La Audiencia Provincial de Madrid la absolvió en 1989, pero el Gobierno recurrió al Supremo, que en 1991 confirmó que debía pagar 28 millones de pesetas.

El origen del desastre no fue solo la sanción, sino cómo había gestionado su fortuna. Ella misma reconoció en plena tormenta que nunca había sido buena administradora de su dinero, que vivía al día y que jamás se había visto con más de tres millones en el banco. Su entorno la retrataba como una mujer de una generosidad extrema, capaz de mantener a varias casas y de repartir casi todo lo que ganaba. Sin liquidez para la fianza, el juzgado embargó un terreno y un piso de su propiedad y tuvo que vender el inmueble de la calle María de Molina, en Madrid. Años después se desprendió de un terreno en la Cuesta de las Perdices para saldar la deuda con el fisco, mientras redoblaba conciertos y galas. Su salida más recordada —que si cada español le diera una peseta saldría del apuro— le granjeó el rechazo de parte del público. La historia se repitió en la familia: su hija Lolita vendió su casa por las inspecciones de Hacienda y asegura haber pagado dos millones de euros en ocho años.

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