Había ganas de volver a ver a la Lady Gaga clásica que conquistó nuestros corazones de 2008 a 2012. Sus últimos dos discos, Artpop y Joanne, han sido fruto de un proceso de resurgimiento en el que todavía se encuentra inmersa. Nunca del todo el público, pero la industria musical sí que le dio la espalda en un momento determinado de su trayectoria y el producto Gaga, que subió como la espuma en menos de un lustro de vida, murió, casi literalmente. Fue apartada de todas las radios cuando, tras sufrir un problema de cadera que la dejó en silla de ruedas, tuvo que cancelar gran parte de su gira mundial y anuló toda promoción y apariciones físicas en programas de televisión y radios.

Ayer cumplió. Lady Gaga dio agua a todos los que tenían sed. Cero crítica con el sistema de gobierno actual  y lejos de crear polémicas como la de Beyoncé con su tema Formation protegida de sus panteras negras, Gaga se limitó a hacer lo que debía hacer: un show para recordar. Un salto desde las mismísimas estrellas, un arnés, un Versace que recordaba a la Gaga de Just Dance, un antifaz que nos teletransportó a 2010 al ritmo de Bad Romance. Un viaje cronológico a la Lady Gaga que el público conoció, aceptó, compró y que actualmente echa de menos. Ni un solo guiño a Artpop. Y de Joanne, su último álbum, entonó a piano Million Reasons, la balada que se convirtió en su segundo single y que aún sigue promocionando. Una maravilla para los oídos y que además, vocalmente, tiene más que controlada. 12 minutos de espectáculo, de temazo tras temazo y de que un show que Lady Gaga y su equipo han sabido elevar a la categoría de excelencia. ¿Volverá la Germanotta de la que todos nos enamorados?