Qué duda cabe de que atravesamos momentos convulsos. Diferentes, plagados de incertidumbres, miedos, pérdidas y frustración. Los políticos sacuden las televisiones arrojándose acusaciones que no hacen más que crecer la insatisfacción de una sociedad polarizada, histérica, harta, que necesita estímulos para seguir sin decaer. Levantar el ánimo se ha convertido en prescripción médica y la televisión, el mejor antídoto contra la depresión.

Los programas de entretenimiento son, más que nunca, ejemplo necesario para una audiencia sedienta de tramas que hagan olvidar la pesadilla en la que se han convertido sus propias vidas. Ahora, cuando muchos nos vemos obligados a trabajar desde casa, nos sentimos menos solos con la compañía de esos espacios tan criticados pero tan vistos. El Hormiguero consigue que veamos la otra cara de esos artistas inalcanzables que enseñan sin pudor las casas en las que pasan un confinamiento que ya ahoga. Me gusta reírme con El Monaguillo y su humor demodé, emocionarme con las reflexiones de Pablo Motos o esperar, como uno más, que suene el teléfono y me toquen los tres mil euros de la tarjeta que sortea el programa cada noche.

Me emociona pasearme por las cadenas de televisión y ver a Wyoming afilando el humor a través del sofá, a Ramontxu viajando a los años más importantes de nuestros famosos, a Mercedes Milà con su perro y a Eva Ruiz o Fernando de la Guardia en Canal Sur. Me gusta seguir viendo a Goyo González recorriendo las huellas de las celebrities en Telemadrid y a Julia Rubio y Alfonso Hevia anunciar que regresan a Castilla la Mancha Media. Confieso que me quedo pegado ante los malabares televisivos de Sálvame para salpimentar cinco horas de directo diarios. Me río con sus desternillantes tramas, con el repentino humor de Kiko Matamoros, las pizarras diabólicas y el talante comprensivo de Jorge Javier Vázquez, inmolándose por el show. Sería mentir si no reconociera que, incluso, me emociono con las lágrimas extasiadas de Mila Ximénez o la vuelta de Lydia Lozano.

Entre dominada y flexión, me enamoro de Jorge Fernández ordenando las vocales y consonantes de la ruleta afortunada que gira en Antena3. He aprendido que, incluso lo más repetido, sigue teniendo éxito. Estuve ensimismado durante semanas con la última edición de Maestros de la Costura y esa Raquel Sánchez Silva que me ha vuelto a conquistar. Ahora quiero ingresar en los fogones de Masterchef e intento ver Supervivientes todos los jueves para reírme con las broncas imposibles que crecen entre todos ellos.

También veo la2. El otro día me quedé pegado a Detrás del Instante y descubrí que el blanco y negro esconde mucho color. También me dejé llevar por Íker Jiménez y los espíritus que habitaban una escuela de música en la que se encerró uno de sus colaboradores para grabar ruidos y presencias inesperadas. Hago zapping más que nunca y me enorgullezco de poder ver también esta televisión incluso en los días más grises. Son mis compañeros de confinamiento y, sin duda, el oasis en el que me relajo cuando ya no sé qué más hacer.