Hace años, doña Sofía vivió una historia de amor en Perú. Se produjo durante un viaje oficial que compartió con don Juan Carlos. Ocurrió en 1978 y se trata de uno de los mejores recuerdos de la reina emérita. Así discurrió una experiencia donde se mezclan los sentimientos y lo esotérico. Uno de los pasajes más desconocidos y felices de la existencia de doña Sofía. Te lo contamos todo a continuación.

La reina ha necesitado ayuda psicológica

Una vez bebida la copa de la decepción marital, doña Sofía tuvo que reinventarse. Intentó separarse y para eso se fue a La India con sus hijos. Allí su madre, la reina Federica, le habló del negro futuro que le esperaba. Sería una integrante más del club de la realeza condenada a vagar por el mundo y a vivir de la caridad de amigos. No tenía fortuna personal y la monarquía en Grecia había sido abolida. Quizás lo más importante para la reina fue recapacitar acerca de que sería su marido quien se quedaría con la custodia de Elena, Cristina y Felipe. Y la reina volvió a Zarzuela.

El regreso a casa conllevó un cambio de vida para la reina. Tuvo que buscar ocupaciones para soportar la vida privada que le tocaba vivir. Encontró refugio en la música clásica y en la familia. Fue entonces cuando empezó a viajar con frecuencia a Londres. Allí residió su hermano Constantino con su esposa, Ana María, y sus hijos durante años. Tino y la princesa Irene han sido el paño de lágrimas de doña Sofía. La roca a la que se ha agarrado en los momentos difíciles, cuando las deslealtades de don Juan Carlos han estado a punto de hacerle zozobrar. La reina ha necesitado ayuda psicológica para poder sobrellevar la situación. De cara a la galería, acompañando a su marido. De puertas para adentro, sola en su dormitorio.