
El verdadero motivo por el que Kiko Rivera no quiere hablar con Irene Rosales ya no se esconde entre rumores ni silencios incómodos. El buen rollo entre ambos se ha roto por completo, tal y como adelantaba una conocida revista esta semana, y las imágenes publicadas no dejan lugar a dudas. En ellas, Kiko Rivera e Irene Rosales coinciden a la puerta del colegio de sus hijas, pero no se miran, no se saludan y no intercambian ni una sola palabra, una escena impensable hace apenas unos meses.
Última hora sobre la ruptura

El día no era cualquiera. Era el cumpleaños de una de sus hijas, una fecha que tradicionalmente habían intentado vivir desde la cordialidad y la unidad familiar. Sin embargo, esta vez fue distinto. Lejos de celebrar juntos, como hicieron semanas antes con su hija mayor, cada uno actuó por separado, evidenciando que algo muy serio había ocurrido entre ellos. Irene acudió únicamente para besar a la pequeña y felicitarla, ya que ese día le tocaba a Kiko recogerla y no volvería a verla hasta más tarde.
La imagen de Irene Rosales abandonando el centro escolar visiblemente afectada, con gesto serio y al borde de las lágrimas, hablaba por sí sola. No hacía falta ningún comunicado ni explicación pública. La relación entre ambos se había deteriorado profundamente, y el conflicto iba mucho más allá de una simple discusión puntual. Detrás de ese silencio había una herida abierta que llevaba tiempo gestándose.
Hace semanas, Lecturas apuntaba a Lola García, la actual pareja de Kiko Rivera, como el origen del malestar. No porque ella hubiera protagonizado ningún desencuentro directo con Irene, sino porque Kiko había pedido que Lola estuviera autorizada para recoger a las niñas del colegio, una solicitud que la sevillana no vio clara. Sin embargo, Informalia puede confirmar que ese no fue el inicio del problema, sino únicamente el detonante final.
Según ha podido saber este medio, el conflicto real comenzó mucho antes, en el momento en el que Kiko decidió rehacer su vida sentimental sin hablar previamente con la madre de sus hijas. Pocos días después de iniciar su relación con Lola, el DJ la hizo pública en redes sociales, compartiendo una fotografía junto a ella y acompañándola de un mensaje cargado de entusiasmo, en el que prácticamente la definía como el amor de su vida.
Irene, aunque había escuchado por su entorno que Kiko estaba conociendo a otras chicas, nunca recibió una comunicación directa por parte de él. No hubo una conversación previa, ni una llamada, ni una explicación tranquila. Kiko no le dijo que se había vuelto a enamorar, ni que pensaba integrar a Lola en la vida de sus hijas. Para Irene, ese silencio fue clave. No se sintió respetada como madre, y ahí comenzó el distanciamiento real.
Irene Rosales lo ha descubierto todo

Desde su entorno aseguran que Irene está sinceramente contenta de que Kiko vuelva a sonreír y esté ilusionado, pero no comparte en absoluto la forma en la que él ha gestionado esta nueva etapa familiar. Así se lo hizo saber, aunque él no entendió su postura. Para Kiko, la situación resultaba injusta, ya que considera que Guillermo, la actual pareja de Irene, está plenamente integrado en la vida de Ana y Carlota.
Lo que Kiko no tuvo en cuenta, según personas cercanas a la influencer, es que Irene manejó ese proceso de forma completamente distinta. Ella habló con él, explicó los tiempos, cuidó los ritmos y, sobre todo, puso siempre por delante el bienestar emocional de las niñas. Esa diferencia en las formas es, precisamente, la que ha terminado dinamitando la relación cordial que mantenían tras la separación.
De hecho, durante meses, Irene fue un ejemplo de discreción y madurez. Nunca puso obstáculos ni exigencias innecesarias, consciente de que la prioridad absoluta debían ser sus hijas. Basta con retroceder unos meses para comprobarlo. En diciembre, durante el cumpleaños de Ana, Kiko ya mantenía una relación con Lola, aunque todavía no la había hecho pública. Aun así, celebraron el aniversario juntos en un parque de bolas, compartiendo risas y normalidad.
Las imágenes publicadas entonces mostraban un ambiente relajado, sin tensión ni gestos forzados, lo que hacía pensar que la expareja había conseguido algo poco habitual: una separación sana. Sin embargo, todo cambió en muy poco tiempo. Con Lola ya integrada plenamente en la vida de Kiko, las dinámicas se alteraron y las decisiones se aceleraron.
El cumpleaños de Carlota fue el punto de no retorno. La pequeña lo celebró primero con su padre, su hermana y la nueva pareja de él, y más tarde con su madre, al regresar a casa. Dos celebraciones separadas, dos mundos distintos, y una distancia emocional que ya era imposible de disimular. Desde entonces, la comunicación entre Kiko e Irene se ha enfriado hasta casi desaparecer.
Hoy, el silencio entre ambos no es casual ni improvisado. Es el resultado de decisiones tomadas sin diálogo, de tiempos mal medidos y de una herida que Irene siente que nunca se cerró correctamente. El deterioro parecía inevitable, y lo ocurrido a la puerta del colegio solo fue la confirmación pública de una ruptura emocional que llevaba semanas fraguándose.

