
Alba Flores abre las puertas de su ático en Madrid en uno de los momentos más mediáticos de su vida, ya que se ha presentado hace poco el documental «Flores para Antonio» que cuenta la historia de su padre. Con motivo de este estreno, ha ofrecido una entrevista en «Lo de Évole» donde nos ha deleitado con un montón de confesiones íntimas y lo ha hecho en su hogar, un ático de diseño en la capital, en el que hemos podido ver mucha luz, amplios ventanales, una enorme cocina y muchos libros.
Un ático lleno de luz y personalidad
El ático de la actriz en Madrid destaca por la luminosidad, puesto que cuenta con grandes ventanales que inundan de claridad el salón y las zonas comunes. Alba que se encuentra en una etapa vital más introspectiva, reconoce que ha aprendido a poner límites a la fama y a cuidar más los que son sus espacios seguros.

La vivienda se articula en torno a una zona muy amplia, pensada para recibir visitas, leer guiones o simplemente disfrutar de la calma, lejos del ruido del estrellato. La decoración mezcla funcionalidad y calidez, con un estilo actual pero sin ostentaciones, coherente con esa idea de vida que ella misma promulga, donde todo lo que tienen es por trabajar duro, algo que la intérprete dice que define a toda la saga de los Flores.
La enorme cocina, centro de reuniones y confidencias
Uno de los espacios más llamativos del ático es la gran cocina abierta, diseñada como auténtico corazón de la casa. Amplia, cómoda y muy luminosa, se percibe como el lugar perfecto para cocinar en compañía, algo que se ha visto precisamente en «Lo de Évole», donde la actriz recibía al periodista en su hogar entre fogones y charla íntima.
En el programa, la intérprete preparaba una versión vegana del cocido madrileño mientras hablaba de temas tan delicados como la fama, el patriarcado, el auge de la ultraderecha y la memoria de su padre Antonio Flores. Esa cocina amplia se convierte así en un escenario simbólico durante el programa: no solo se guisa comida, también se cuecen recuerdos familiares, debates políticos y confesiones personales.
Un refugio íntimo
Alba Flores dejó claro que nunca tuvo la ambición ser una estrella en el sentido más ruidoso del término. «Quería ser actriz, solo quería vivir de lo que me gustaba y punto», llegó a decir antes de admitir que ha tomado decisiones que la han alejado del camino del estrellato «porque no le interesa». Esa postura se refleja también en su hogar, un ático cuidado, luminoso y cómodo, pero lejos de la ostentación que uno podría asociar a una figura de su talla.

También reivindicó en el programa que en su familia «no vivimos de la renta», subrayando que tanto sus tías como su prima «trabajamos como cabronas todas», un mensaje que marca distancia con el tópico de clan acomodado que se sostiene solo en el apellido. Ese orgullo de pertenecer a una «familia repleta de artistas», como ella misma la define, se mezcla con la necesidad de proteger su intimidad, algo que explica por qué ha mantenido su vida sentimental blindada.
Recuerdos de familia en casa
El programa de Jordi Évole mostró no solo su cara más vulnerable, sino también el peso de la herencia familiar que atraviesa cada rincón de su vida. Rodeada de mujeres clave como su madre Ana Villa y su prima Elena Furiase, la actriz recordaba los veranos en Marbella, las persecuciones de los paparazzi desde muy pequeñas, las canciones de su abuela Lola y el duelo por la muerte de Antonio Flores.
En su conversación con Évole, la intérprete habló además de la ideología antifascista de su padre, del racismo y del discurso actual de la extrema derecha, dejando claro que su compromiso político y social forma parte de su identidad. Esa mezcla de conciencia, memoria y vulnerabilidad conecta con la forma en que ha concebido su casa: un lugar donde poder debatir, llorar, cocinar, trabajar y, sobre todo, estar en paz lejos del ruido mediático.
Un hogar a la altura de su nueva etapa
La emisión programa con Alba Flores ha actualizado su imagen pública, donde se muestra más sincera que nunca sobre su relación con la fama, su familia y su propia historia. Su ático madrileño encaja a la perfección con esa nueva narrativa la de una artista que ha decidido vivir a su manera, sin renunciar a su raíz ni a su discurso, pero poniendo por delante su bienestar y su espacio íntimo.
En un momento en el que el público demanda autenticidad, el hogar de la intérprete se convierte en extensión natural de lo que mostró ante las cámaras. Una mujer que se ha hecho fuerte desde la vulnerabilidad, que mira de frente a su pasado y que sigue construyendo su propio camino, lejos del estrellato de cartón piedra al que solo le interesan los flashes y el postureo.

